Es correcta la importancia que algunos comentaristas les han dado a todas las dimensiones de nuestro título.
Signos ha habido varios, pero ciertamente el más importante no ha sido el retorno de la corbata a la vida pública, por mucho que esa prenda hable de una presencia completa y agradable ante los ojos de quien busca la armonía. No, el signo de mayor densidad ha sido el escudo en la banda presidencial, a la altura del corazón. El mensaje es claro: se gobernará por la razón, y cuando sea necesario, habrá que hacerlo por la fuerza, que para eso tiene el Estado las atribuciones en la materia. Ese escudo estuvo en entredicho el 2022; además, en el Chile a refundar se buscó que esa presidencia estuviese ceñida por una banda de otros colores; incluso, esa primera magistratura podría haber quedado degradada y sujeta a un neoparlamentarismo octubrista. En fin, que no se nos olvide que el cargo estuvo hasta hace pocos días “habitado” por alguien que apoyaba esas transformaciones.
Entre los gestos, ninguno más significativo que vivir en La Moneda. La idea de despojarse de casi todo lo propio —en concreto, de las historias de una familia numerosa compartidas en una casa de campo cerca de Santiago— anuncia la voluntad presidencial de identificarse al máximo con lo institucional, con lo de todos los chilenos, con la Historia nacional hecha arquitectura y ciudad: el palacio presidencial en el centro de Santiago. Por viajes, el Presidente Kast pasará muchas noches fuera de La Moneda; por descanso, otras pocas lo devolverán a la casa de familia. Pero todas las que comparta junto a la primera dama, de frente a Portales en la Plaza de la Constitución, le ayudarán a consolidar esa identificación con el cargo que va haciendo de un gran hombre un gran Presidente.
A su vez, las palabras del mandatario han estado bajo escrutinio desde mucho antes de su victoria en la segunda vuelta. Parece majadero, por decir lo menos, que a estas alturas todavía haya quienes busquen en sus discursos filosofía política, y que además, cuando en alguna oportunidad la encuentran, se molesten por igual. Y esto no va a cambiar, porque el discurso presidencial —los discursos del Presidente Kast— sacarán de quicio, una y otra vez, a tres tipos de mentalidades, cuál más enrevesada. Por una parte, a quienes siguen pensando que gobernar es solo posible para los filósofos (o para los rectores); por otra, a quienes, cegados por una determinada ideología, solo saben usar un lenguaje de oscuridad impenetrable y, por último, a esas personas que confunden sencillez con simpleza, sentido común con banalidad, claridad con falta de profundidad.
Son los que se van a sentir, una y otra vez, confundidos por la consistencia de un lenguaje, el del Presidente Kast, que entienden y hablan la inmensa mayoría de los chilenos de a pie.
Finalmente, la fe. Como un “católico político” se ha descrito el mandatario a sí mismo. Lo sustantivo son su fe y su vida cristiana. Igual podría haberse declarado como un “católico abogado” o como un “católico padre de familia”, y nadie se habría interesado. Pero la escandalera de algunos por aquella sincera definición no hace sino resaltar aún más la importancia que tienen en un gobernante sus convicciones y el modo en que las comunica. Nada puede dar más seguridad —a partidarios y a detractores— que saber con quién se está tratando y qué se le puede exigir, en el plano más fundamental de la vida, nada menos que al Presidente de la República. Y, por su parte, el mandatario sabe que con su definición queda expuesto a la acusación de un muy “notable abandono de sus deberes”. Ese riesgo solo lo pueden correr los hombres de fe, porque están anclados en Dios.